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Charla pronunciada en el Festival Touch Me, Zagreb, Diciembre de 2008

La revolución reproductiva
Presiones de selección en un mundo post-darviniano


Hay tres predicciones sobre la vida dentro de mil años::

1) Toda clase de sufrimiento será biológicamente imposible. Nuestros descendientes vivirán vidas de felicidad genéticamente preprogramada, cuyos niveles "peores" superarán las experiencias "cumbre" actuales. Dentro de mil años, el "punto de ajuste hedónico" heredable de la vida despierta ordinaria se habrá elevado tanto que la existencia cotidiana se percibirá como sublime.

2) Nuestros sucesores genéticamente mejorados no envejecerán ni morirán, de hecho serán inmortales, salvo que se produzcan accidentes, lo que significará que determinados cerebros tengan que ser restaurados a partir de copias de seguridad digitales.

3) Los posthumanos serán innatamente más inteligentes que nosotros, no solamente en el sentido autístico de la inteligencia medido con los actuales tests de cociente intelectual, sino con una inteligencia más empática. Para decirlo de forma no científica, nuestros descendientes serán "más listos" que los seres humanos actuales.

Se trata de afirmaciones atrevidas. Naturalmente, pueden ser totalmente erróneas: el historial de aciertos de la futurología no es nada brillante. Sin embargo, explicaré por qué sostengo que estas tres evoluciones que aparentemente no guardan relación entre sí (la superfelicidad, la superlongevidad y la superinteligencia) están íntimamente vinculadas. Estamos a las puertas de una revolución en la medicina reproductiva - ante la era de los bebés de diseño, una transición fundamental en la evolución de la vida en el universo. En breve la evolución dejará de ser "ciega" y "aleatoria", como lo ha sido durante los últimos cuatro mil millones de años. En vez de ello, agentes inteligentes elegirán y diseñarán genotipos previendo sus probables efectos sobre la conducta y la fisiología. Concretamente, los futuros padres elegirán cada vez con mayor frecuencia el modo de ser genético de sus futuros hijos, en vez de jugar a la ruleta genética. La selección natural será sustituida por la selección "no natural".

But first, I want to outline a very different, bioconservative vision, perhaps best represented today by the distinguished geneticist at University College London, Professor Steve Jones.

Dos visiones opuestas acerca de la futura evolución humana

1) EL BIOCONSERVADURISMO: ["¿El final de la evolución?] "Si queréis saber lo que es Utopía, mirad a vuestro alrededor, esto es Utopía", dice el Profesor Jones en un debate de la Royal Society en Edimburgo. En una charla1 titulada "¿Ha concluido la evolución?", el Profesor Jones dice: "Simplemente las cosas han dejado de mejorar, o de empeorar, para nuestra especie." El Profesor Jones explica que la evolución humana ha tenido tres componentes: la selección natural, las mutaciones y los cambios aleatorios. “Bastante inesperadamente hemos reducido la tasa de la mutación humana debido a una cambio en las pautas de la reproducción.”

“Antiguamente, a los 20 años nuestros hijos ya habrían muerto. Hoy en día, en el mundo occidental, el 98% de ellos sobreviven hasta los 21”, comenta el Profesor Jones en una reciente entrevista2 del diario The Times. El ritmo de las mutaciones también se está reduciendo. Aunque los productos químicos y la contaminación radioactiva pueden producir cambios genéticos, uno de los principales factores desencadenantes de las mutaciones ha sido la edad avanzada de los hombres. "Tal vez sea sorprendente, pero la edad de reproducción se ha reducido: con la actual edad promedio de reproducción de los varones, la mayoría de ellos no conciben hijos después de los 35 años de edad. Con menos padres de mayor edad, las mutaciones se deben reducir."

Vale la pena señalar que algunos científicos y comentaristas de derechas van más lejos que Steve Jones. Afirman que debido a que [alegadamente] las personas más inteligentes tienen menos hijos que las [alegadamente] menos inteligentes, la inteligencia de la especie humana en su conjunto se irá reduciendo. El incremento de los índices de cociente intelectual durante el último siglo, el llamado “efecto Flynn”, no confirma esta predicción. No obstante, los adeptos de la llamada hipótesis de la fertilidad disgénica replican que es posible que el cociente intelectual genotípico se reduzca al tiempo que se incrementa el cociente intelectual fenotípico en toda la población, al menos a corto plazo. Explican esta paradoja con los efectos medioambientales tales como la mejor escolarización, una nutrición mejor, e incluso por mirar la televisión.

Como contraste a la perspectiva bioconservadora:

2) LA BIORREVOLUCIÓN: La evolución humana está a punto de acelerarse. No se aflojará la presión para la selección. Al contrario, estamos a las puertas de una era de selección no-natural o artificial, una presión de selección de índole diferente, pero que será extraordinariamente intensa y favorecerá un conjunto de adaptaciones muy diferente de los rasgos que fueron genéticamente adaptativos en el ambiente ancestral de la sabana africana.

Repasemos rápidamente algunos antecedentes. El Proyecto del Genoma Humano (HGP) fue el proyecto de investigación científica internacional encaminado a determinar la secuencia de los pares base químicos de nuestro ADN: la estructura genética de nuestra especie. Los investigadores identificaron, desde los puntos de vista físico y funcional, los aproximadamente 25.000 genes del genoma humano. El Proyecto del Genoma Humano se declaró formalmente acabado con una precisión del 99.99% en 2003, aunque en realidad quedan bastantes cabos sueltos que faltan por atar. Apenas hemos vislumbrado todas las implicaciones de nuestro código descifrado. Desentrañarlas podrá durar siglos.

Actualmente, si uno quiere que le escriban la secuencia de los aproximadamente tres mil millones de pares base de todo su genoma, le costará varios cientos de miles de dólares. Esta cifra es prohibitiva para la mayoría de las personas. Sin embargo, hay cálculos que prevén que dentro unos diez años el coste será de sólo unos 10 dólares. Independientemente del precio y calendario exactos, el coste para tener acceso al propio código fuente está abocado a reducirse drásticamente. El acceso rutinario al propio genoma personal conducirá a una era de medicina personalizada, con sus medicamentos, dosificaciones y terapias genéticas adaptadas a la persona, en vez del enfoque de escopeta de perdigones que actualmente vemos en la farmacología clínica [y en el consumo de drogas recreativas].

Pero no sólo nos encontramos en vísperas de una medicina personalizada, estamos ante una era de la medicina reproductiva personalizada: la de los “bebés de diseño”, para usar la expresión popular. Este término sugiere algo frívolo, parecido a las prendas de diseño. No obstante, elegir la estructura genética de los hijos pronto se puede convertir en el símbolo de una paternidad responsable, algo distinto a echar los dados genéticos y confiar en que caigan del buen lado, como sucede hoy. La renuencia a transmitir a nuestros hijos códigos nocivos no existirá sólo para las obvias afecciones autosómicas dominantes tales como el trastorno neurológico de la enfermedad de Huntington. ¿Qué padres en potencia elegirían, si pudiesen hacerlo, transmitir deliberadamente los genes de la hemofilia, la anemia drepanocítica o la distrofia muscular? Se ha calculado que, en promedio, cada uno de nosotros es portador de cuatro genes recesivos letales. En un futuro de medicina reproductiva post-genómica, la presión de selección contra, por ejemplo, el alelo de la fibrosis cística que es la causa más común de enfermedad recesiva autosómica limitadora de la vida entre las personas de origen europeo, llegará a ser tan intensa como la presión de selección contra toda una gama de genes que causan enfermedades físicas o que contribuyen a ellas. Actualmente usamos Google en la red para obtener más información sobre posibles socios. Mirando hacia el futuro, ¿qué posible padre o madre omitirá comprobar el AND de su pareja, y el propio, antes de procrear? Esto no significa que quien desea tener un hijo vaya a rechazar a una pareja sin síntomas que sea portadora de una copia recesiva de un gen “desagradable”. Al contrario, los padres responsables podrán emplear el diagnóstico de preimplantación y la terapia de líneas germinales para asegurarse de que los genes potencialmente dañinos, tales como el alelo recesivo de la fibrosis cística, no se transmiten a sus hijos.

La ruleta genética frente a los bebés de diseño

¿Pero qué sucede con los rasgos psicológicos heredables, los “genes de la personalidad”? No sólo no existe un consenso sobre si algunas de sus variantes menos agradables han de ser clasificadas como patológicas; hay dos elementos que son técnicamente mucho más complejos que en el caso de los trastornos monogénicos tales como la fibrosis cística. Esto es así porque no existe un gen único “responsable” de la depresión o de los trastornos de ansiedad, o bien de los celos o del trastorno obsesivo compulsivo (OCD), etcétera. Pero sí existen alelos y genotipos que predisponen a la depresión o a los celos o al trastorno obsesivo obsesivo, y otras enfermedades psíquicas multifactoriales. Así pues, si existe un alelo (variante de un gen) concreto que, por ejemplo, aumenta en un 5% la probabilidad de expresión de un rasgo particular tal como el malhumor o la ansiedad crónica, o un alelo que hace que su portador tenga un 5% más o menos de ansiedad o sea más o menos depresivo, ¿qué porcentaje de padres elegiría deliberadamente para sus hijos la variante menos agradable? En verdad existen numerosas complicaciones, por ejemplo: la pleiotropía, cuando un único gen influye en múltiples rasgos fenotípicos; el empalme alternativo, cuando un único gen puede producir proteínas diferentes en entornos distintos; la impresión genómica, una forma de expresión de genes dependiente de los padres; la herencia no-Mendeliana, en forma de efectos epigenéticos transgeneracionales; etcétera, etcétera. De manera más general, los críticos de la nueva medicina genética están inquietos por la posible creación de “personalidades de diseño”. Sin embargo, si no intervienen otros factores, se puede presuponer que la mayoría de los padres informados elegirán para sus hijos la opción más compasiva. De hecho, un profesor de ética de Oxford va más lejos. Julian Savulescu afirma que estamos moralmente obligados a seleccionar para nuestros hijos diseños genéticos que ofrezcan la mayor probabilidad de llevar la mejor vida posible: es lo que el profesor Savulescu llama la Beneficencia procreativa. Esta conjetura no es prematura. Por ejemplo, las personas que heredan dos copias de una versión “corta” del gen 5-HTTLPR transportador de serotonina del cromosoma 17, tienen un 80% de probabilidad padecer depresión clínica si sufren tres o más incidentes vitales negativos en cinco años. En cambio, las personas genéticamente resistentes que han heredado la versión larga sólo tienen un 30% de probabilidad de desarrollar una enfermedad mental en las mismas circunstancias. Si a Usted se le ofreciera la posibilidad del diagnóstico previo a la implantación (PGD), ¿elegiría para su futuro hijo la variante corta o la larga del gen transportador de serotonina? ¿O bien se negaría a elegir, confiando en Dios o en la Madre Naturaleza?

En estos momentos, lógicamente, esta clase de escenarios parece rocambolesca. Durante este siglo y después de él los futuros padres, antes de tener hijos, tal vez se inscribirán en cursos de genética de la conducta y de biopsiquiatría molecular. De hecho, algunas decisiones genéticas son, en principio, fáciles, por ejemplo, la elección del sexo, o si se ha de transmitir el alelo de la fibrosis cística. Ya existen algunos países en los que los futuros padres toman esta clase de decisiones. No obstante, otras decisiones genéticas serán mucho más difíciles, en especial las relativas a los “genes del humor” que ayudan a determinar el grado medio de bienestar o malestar de una persona durante toda su vida.

Para lo que pudiera server, yo pienso que asistir a cursos avanzados de genética de la conducta o, como mínimo, recurrir a un asesoramiento genético será una obligación moral para todas las personas, antes de que asuman la enorme responsabilidad de procrear. Pero no es probable que esta clase de educación se difunda ampliamente en un futuro previsible. En cambio, podemos prever que en una era de medicina reproductiva madura habrá muchas herramientas de software fáciles de usar que permitirán a los futuros padres tomar decisiones genéticas responsables, en vez de arriesgarse ciegamente con la lotería genética de la vida darviniana. Porque el crecimiento exponencial de la potencia de computación se podrá aprovechar para generar un nuevo sector de crecimiento de elaborados programas informáticos de “creación de bebés”. Así pues, no será necesario que los padres corrientes comprendan la genética molecular, igual que actualmente no es necesario que un usuario medio de un ordenador personal con Windows conozca el código de máquina. Y este paralelismo no acaba aquí. Si es éticamente aceptable que alguien dedique horas a rediseñar el escritorio de su PC Windows del modo que le gusta, ¿por qué no habría de dedicar algunas horas a asegurarse de que su futuro hijo será física y psicológicamente sano?

Lógicamente, tales herramientas informáticas abrirán un descomunal campo minado de cuestiones éticas y reglamentarias. Pero esto también sucede con la reproducción sexual: es jugar al equivalente genético de la ruleta rusa con la vida de un niño.

El recalibrado de la tendencia a la estabilidad hedónica.
Admitimos que cuando los futuros padres se preparan a tener hijos tal vez decidan evitar alelos y combinaciones de alelos asociados a la depresión, a los trastornos de ansiedad y a la esquizofrenia. Pero nos preguntamos si existe algún motivo para pensar que en algún momento el punto de ajuste hedónico promedio de la humanidad será incrementado. Recordemos que todos tenemos una tendencia a la estabilidad hedónica innata que nos impide permanecer muy felices o muy afligidos durante mucho tiempo, aunque, lógicamente, una aflicción extrema puede parecernos una eternidad mientras dura. A la larga, nuestra tendencia a la estabilidad hedónica nos hace fluctuar alrededor de un cierto punto de ajuste hedónico. Este punto de ajuste hedónico determina en gran medida el nivel medio del bienestar o malestar que la mayoría de las personas experimentan a lo largo de su vida. Lógicamente todos estamos zarandeados por eventos externos, tanto agradables como desagradables, que nos afectan fuertemente, para bien o para mal; sin embargo, a lo largo del tiempo en general regresamos a un nivel promedio individual [parcialmente] heredable. En algunas personas, el punto de ajuste hedónico tiende a estar fijado por debajo de la media darviniana: estas personas tienen un temperamento sombrío, lo que antiguamente se hubiera llamado tener un exceso de mal genio. En otras personas el punto de ajuste está por encima de la media: son temporalmente optimistas. El humor de algunas personal fluctúa tremendamente, mientras que otras son más estables. Pero dejando de lado la actual gama de diversidad hedónica, ¿por qué podemos predecir que el estado típico por defecto del bienestar de la población humana se elevará indefinidamente, incluso después de que se hayan erradicado de la lista de genes aquellos que predisponen a los trastornos de ansiedad y a la depresión clínica?

La respuesta sencilla es que no podemos estar seguros de ello. Por eso, se trata de simples conjeturas. No obstante, hay una prueba de reflexión. Imaginemos que podemos elegir los valores genéticos del punto de ajuste hedónico de nuestros futuros hijos, es decir, el grado en que su temperamento será depresivo o feliz, o súper-feliz. Para no complicar el tema, aún no me referiré a las formas más ricas del bienestar emocional, sólo al tono hedónico normal, del que sabemos que es parcialmente heredable. ¿Qué nivel medio de tono hedónico elegiríamos para un hijo, en una escala de cero a diez? [Vuelvo a ser deliberadamente simplista.] Sobre la base no científica de algunas encuestas realizadas a lo largo de los años, yo calcularía que la mayoría de las personas, si se las presiona para contestar, elegirían un tono hedónico del nivel 8 ó 9. Pero un número sorprendente de encuestados contestó “el 10”: desean que sus hijos sean, por temperamento, lo más felices posible. De forma realista, inicialmente quizás sólo una minoría de posibles progenitores querrán hijos preparados para ser súper-felices según los estándares contemporáneos. Pero la mayoría querrá tener niños felices, y no depresivos, malhumorados o atormentados por la ansiedad. Tampoco carece de importancia el hecho de que es más divertido criar a niños felices. También es más probable que los niños felices, resistentes, con confianza en sí mismos, tengan “éxito” y rindan más en el sentido darviniano tradicional: no debemos suponer que los progenitores potenciales sólo se preocuparán de la felicidad de sus hijos futuros; muchos de ellos lógicamente también albergan grandes ambiciones para sus hijos. Sea como fuere, la afirmación de que el punto promedio de ajuste hedónico, genéticamente determinado, del bienestar emocional de nuestra especie está abocado a subir con el tiempo, como consecuencia de esas decisiones individuales de los padres, a medida que las técnicas de mejora del mañana desplacen las normas sociales sobre el bienestar y se conviertan en terapias curativas de las generaciones siguientes.

El realismo depresivo de un siglo se puede transformar en la psicosis afectiva del siglo siguiente. Con el paso del tiempo, se puede generar una presión de selección análoga a favor de alelos y combinaciones de alelos que predisponen a la inteligencia elevada, e incluso al genio y súper-genio, aunque en este caso la contribución a una calidad de vida mejorada sea indirecta. Sea como fuere, en todo un espectro de rasgos físicos y psíquicos, podemos predecir que las mejoras de líneas germinales se convertirán en reparaciones de líneas germinales a medida que aumente el nivel medio de bienestar biológico de toda la sociedad humana. Como señala el biofísico Gregory Stock en Redesigning Humans (2002), "El advenimiento de técnicas seguras y fiables para líneas germinales [...] transformará el proceso de la evolución convirtiendo la reproducción en un proceso social altamente selectivo mucho más rápido y eficaz para difundir genes de éxito que la competición sexual y la selección de pareja tradicionales." Así, se podrá acelerar a escala mundial el ritmo del enriquecimiento del ánimo.

Es de importancia fundamental que la conjetura sobre el enriquecimiento genético del ánimo no se basa en la hipótesis de la existencia futura de ningún mega-proyecto destinado a crear un mundo más feliz. No se puede excluir la posibilidad de un tal proyecto global, por grandiosa y extravagante que ahora nos parezca la idea de algún tipo de Imperativo hedonista (1995). Actualmente solo el minúsculo reino de Buthan en el Himalaya exalta la Felicidad Nacional Bruta (GNH) por encima del Producto Nacional Bruto (GNP). Si el enriquecimiento hedónico se internacionalizase y se buscase con rigor científico, entonces la presión de selección contra los peores genotipos darvinianos sería incluso mayor de lo que aquí prevemos. Personalmente defiendo un Proyecto abolicionista a escala mundial, establecido como política oficial de las Naciones Unidas. Porque solo un mega-proyecto global podrá llegar a ampliar la supresión del sufrimiento al resto del mundo viviente. El rediseño del ecosistema, la inmunocontracepción inter-especies, y finalmente la reescritura de todo el genoma de los vertebrados no se podrán conseguir por la vía de la iniciativa privada. Sin embargo, no es inminente un mega-proyecto de esta clase. De manera menos extravagante, el enriquecimiento global del ánimo podrá ser el resultado de miles de millones de decisiones reproductivas tomadas individualmente por futuros progenitores durante el próximo siglo y posteriormente.

Expresándola en el lenguaje de los bebés de diseño, la perspectiva de un enriquecimiento hedónico para todas las especies evoca imágenes siniestras, si bien conlleva la promesa de hacer que el mundo sea un lugar mucho más feliz. ¿Realmente queremos que los padres controlen el destino de sus futuros hijos? Pero debemos prestar mucha atención a la manera en que enmarcamos esta cuestión. Igual que la buena salud física confiere más capacidades y no determina qué es lo que uno hace con su vida, ser por temperamento feliz y psíquicamente fuerte tampoco determina lo que uno realmente hace con su vida. Igual que la salud física, la salud mental tiende a aumentar las capacidades en vez de limitarlas. Una súper-salud mental cableada genéticamente puede ser incluso más potenciadora. Convierte a la persona en psíquicamente indestructible. Impide que jamás se padezca de depresión o ansiedad, y se padezca de la atroz pérdida de oportunidades vitales que tales estados comportan. Además, en el futuro, cualquiera que no esté satisfecho de aspectos de su personalidad nuclear y no desee usar drogas modificadoras de la consciencia para cambiarlos, podrá someterse a una terapia génica somática. No siempre estaremos, como ahora, a merced de una mezcla revuelta de los genes de nuestros padres, independientemente de que hayamos recibido dichos genes por accidente o deliberadamente.

La futura nocicepción: ¿será el fin del dolor físico?

Hasta aquí he hablado de la abolición del sufrimiento, y de que con el tiempo se podrá eliminar genéticamente el dolor psíquico. Pero, ¿qué sucede con la atroz plaga del dolor físico? Ciertamente, los escépticos se preguntarán si los genes que promueven la sensibilidad al dolor como respuesta al daño tisular serán dentro de mil años tan adaptativos como lo son hoy, o como lo eran en el medio ambiente ancestral. Por ello, predecir que dentro de 1.000 años las peores experiencias que podrá sufrir cualquier persona serán mejores que las experiencias cumbre actuales parecerá quimérico. ¿Cómo puede ser técnicamente posible, además de sociológicamente realista?

Pues bien, existe una respuesta a corto y medio plazo y una respuesta a largo plazo. Veamos primero la respuesta a corto y medio plazo.

La solución “Cyborg” frente a al recalibrado radical.
Actualmente existen tres variantes genéticas “naturales” diferentes que fomentan grados variables de sensibilidad al dolor, es decir, alelos variantes del gen SCN9A que codifican la subunidad del canal con puerta de voltaje para sodio Nav1.7 en neuronas nociceptoras; del gen receptor de opioides mu; y de la catecolamina-O-metiltransferasa (COMT) codificadora de genes. En el futuro, pocos progenitores en potencia querrán tener hijos hipersensibles al dolor físico. Si pueden elegir, presumiblemente la mayoría de los padres querrán que sus descendientes tengan una sensibilidad al dolor baja o moderada. Así pues, si en algún momento la paternidad genéticamente planificada se convierte en habitual, es probable que con el tiempo también se reajustarán genéticamente nuestros termostatos del dolor (o "algostatos", como podríamos llamarlos).

Pero ese recalibrado no elimina realmente el sufrimiento, solo reduce su prevalencia y su intensidad cuando se produce un dolor físico. Además, como LO atestiguan los raros casos de anestesia congénita, los niños que nacen sin ninguna capacidad de padecer dolor actualmente son susceptibles de sufrir todo tipo de complicaciones médicas potencialmente letales. ¿Significa esto que estamos condenados para siempre a padecer dolor de una u otra manera?

No, pero existen formidables retos técnicos que hay que vencer. Si queremos erradicar totalmente el dolor físico, creo que hay dos alternativas a largo plazo. Estas dos opciones no son mutuamente excluyentes, pero las consideraremos por separado. Recordemos que los robots de silicio (etc.) con una arquitectura funcional adecuada pueden arreglárselas bien sin las desagradables “sensaciones brutas” de Dolores Fuertes; se pueden programar para evitar estímulos nocivos y responder a ellos de manera flexible y adaptativa. Está claro que hay una distinción entre la función fisiológica de la nociception y la experiencia subjetiva del dolor muy agudo; se pueden disociar, incluso en robots orgánicos como nosotros, no sólo en nuestros homólogos inorgánicos. De modo similar, en teoría, los humanos del futuro podrían descargar todo lo desagradable o rutinario sobre dispositivos protésicos, nanobots y similares, conservando sólo las formas de percepciones enriquecedoras de la vida y desechando la fea basura darviniana. Esta es la que podríamos llamar la Solución Cyborg. La principal ventaja de la Solución Cyborg es que a largo plazo permite un máximo de felicidad vitalicia para todos los seres sintientes. Por ello, su adopción final parecería obligatoria en una ética utilitaria clásica. Pero suponiendo que no vayamos por la senda cyborg, existe otra alternativa. En principio, podemos reajustar radicalmente la escala del eje placer-dolor en el mesencéfalo. Lo único que un organismo necesita para responder adaptativamente a un entorno cambiante y potencialmente hostil es la sensibilidad informativa ante cambios relevantes para la adecuación, incluyendo la contraposición binaria de lo “maravilloso” frente a "no-tan-maravilloso", independientemente del intervalo de fluctuación de nuestras emociones en una escala hedónica absoluta; un alcance estrecho de gradientes de placer teóricamente puede desempeñar un papel análogo al de los gradientes de dolor en algunas de las actuales víctimas del síndrome de dolor crónico.

Esta hipótesis es contra-intuitiva. Podríamos imaginarnos que si las personas siempre se sienten más o menos súper-bien, tanto física como psíquicamente, entonces no estarán motivadas para actuar con circunspección; y que, en consecuencia, tenderán a dañarse a sí mismas, bien físicamente, bien emocionalmente, o de ambas maneras. ¿Quién podría responder adaptativamente al mundo si está consumido por un orgasmo omnicorporal perpetuo? Pero esto no se sostiene. Según hoy sabemos, las personas más felices, los más ávidos amantes de la vida, tienden a ser las personas más motivadas. Son los depresivos los propensos a la falta de motivación. Ciertamente, sí existen formas de felicidad asociadas a la indolencia, por ejemplo la dicha opiácea. Pero también hay formas de felicidad asociadas a una motivación intense, a una planificación de futuro y a una conducta orientada a metas, los llamados estados hiperdopaminérgicos. Sea como fuere, nuestros descendientes, y posiblemente nosotros mismos cuando seamos muy mayores, podremos elegir qué clases de bienestar físico y emocional deseamos disfrutar, y elegir qué clases de predisposiciones genéticas queremos transmitir a la generación siguiente. Si no queremos traer más sufrimientos al mundo, hoy nuestra única alternativa es no tener hijos. Sin embargo, en el futuro seremos capaces de tener hijos sin crueldad con una consciencia clara, como mínimo a ese respecto.

¿Gradientes de dicha?
Lo que es cierto para al dolor físico y la depresión también es cierto para otros estados mentales negativos. Por ello, la predicción de que la vida dentro de mil años se percibirá como de órdenes de magnitud mejor que la actual no es la afirmación de que todos los posthumanos serán uniformemente felices, o que la vida futura será perfecta, independientemente de lo que esto pueda significar. De hecho se puede alegar que el descontento es el motor del progreso, y que los análogos funcionales del descontento probablemente sigan existiendo dentro de mil años, igual que hoy existen las percepciones brutas del descontento. Admitimos que es difícil saber si los (post)humanos del cuarto milenio estarán dotados de algo que aunque sólo sea funcionalmente se parezca a las mismas emociones nucleares que hoy definen nuestra vida. La signatura molecular de algunas clases de emociones, por ejemplo el disgusto, el pánico o los celos, se podrían abolir totalmente, tanto en su intensidad como funcionalmente, mientras que se podrán personalizar y empalmar en el genoma los genes y el código regulador de novedosas emociones enriquecedoras de la vida. También es posible que se reconfigure genéticamente nuestra arquitectura perceptual y cognitiva, probablemente de maneras que escapan a la imaginación humana actual. Pero tal innovación no es esencial para una calidad de vida mejorada. Los análogos funcionales de la ansiedad y la depresión podrían seguir existiendo pero la vida siempre podría ser subjetivamente maravillosa, dado que técnicamente es posible desacoplar el papel funcional de la textura subjetiva de las experiencias desagradables que hoy sentimos.

Fundamentalmente, no asevero que nuestros descendientes disfrutarán de una dicha uniforme, y en modo alguno que serán maníacos o estarán “inmersos en el gozo”, sólo que su mínimo de bienestar comparativo genéticamente limitado será superior a nuestro actual tope máximo de bienestar. La continua mejora de líneas germinales a lo largo de las generaciones creará un nuevo sistema de motivaciones. Sus mecanismos de homeostasis emocional transcenderán del eje placer-dolor darviniano. Gracias a la Revolución Reproductiva que se despliega habrá una continuada presión de selección a favor de la biología de una calidad de vida subjetivamente mejorada. Equiparar el valor neto a la felicidad neta, de la manera utilitaria clásica, puede o no ser una posición simplista; pero reconocer el nexo existente entre un valor mayor y un bienestar emocional mayor es algo común a toda una gama de sistemas éticos tanto religiosos como seculares. Muy pocos sistemas éticos no atribuyen ningún valor al bienestar emocional. Así, si una pieza musical suena mil veces más encantadora que otra anterior, o si una obra de arte es mil veces más hermosa de contemplar que cualquier cosa fisiológicamente posible en estos momentos, entonces pienso que la suposición por defecto ha de ser una tal belleza abrumadora es algo bueno, salvo que existan argumentos convincentes de lo contrario. Las nuevas técnicas de selección germinal permiten crear experiencias subjetivamente valiosas a una escala verdaderamente prodigiosa. Así pues, si no intervienen otros factores, deberíamos aceptar gustosamente su utilización.

¿Bienestar espiritual?
El enfoque que he bosquejado aquí probablemente parezca crudamente reduccionista. Pero no hay que interpretar la súper-felicidad en un estrecho sentido unidimensional. Veamos, por ejemplo, la espiritualidad y el bienestar spiritual. Hoy existe una múltiple variabilidad de la densidad del receptor de serotonina 5-HT(1A). La densidad del receptor 5-HT(1A) humano es inversamente proporcional a la escala de aceptación espiritual. En el futuro, una persona muy espiritual que desee tener hijos hiperespirituales, podrá optar por sobreexpresar o subexpresar la correspondiente combinación de genes o alelos que fomenta el temperamento espiritual; y tal vez finalmente podrá diseñar para sus hijos genomas “espirituales” angélicos. De hecho, si uno mismo quiere ser naturalmente superespiritual y no desea tomar drogas enteogénicas, podrá realizar una mejora genética autosómica y añadir copias adicionales o bien sobreexpresar variantes del gen de la serotonina 5-HT(1A) (etcétera) asociados a la espiritualidad. Los racionalistas seculares, por otra parte, preferirán sentar los cimientos genéticos de un bienestar más mundano.

Abordando otro ejemplo de bienestar multidimensional, los futuros padres podrán elegir genes y genotipos asociados no sólo con la inteligencia en su acepción simplista convencional sino con una mayor capacidad de empatía, incluyendo neuronas espejo de funcionalidad ampliada y una mayor cognición social. Los futuros padres tendrán la posibilidad de dotar a sus hijos de un sistema de oxitocina enriquecido conducente a una mayor confianza, generosidad de espíritu y conducta pro-social, que potencialmente tendrían inmensos beneficios para la sociedad en su conjunto.

¿Una élite reproductiva?

Se plantea una pregunta obvia. Estas tecnologías reproductivas, ¿serán solo para los ricos o, por lo menos, principalmente para los ciudadanos de las naciones desarrolladas prósperas que podrán comprar los mejores genes, lo que debilitaría los argumentos de la presión de selección aquí presentados?

Inicialmente, así es. Pero no durante mucho tiempo, aunque supongamos [de forma poco plausible] que las naciones más pobres del planeta seguirán siendo pobres indefinidamente. Pensemos con qué rapidez se han difundido los teléfonos celulares habilitados para la red incluso en el paupérrimo África subsahariana. Actualmente [diciembre de 2008] el secuenciado personal del genoma cuesta unos 200.000 dólares y sólo una élite pudiente de occidentales se puede beneficiar de estas innovaciones. Si el secuenciado personal del genoma costase diez dólares o menos, estaría al alcance de cualquier persona del mundo. La índole de la información y de las tecnologías de la información hace que los servicios de base informática no conlleven el consumo de recursos naturales escasos, como sucede con los bienes materiales, donde la ganancia de una persona frecuentemente es una pérdida para otra persona. Son poquísimas las personas que alguna vez pueden poseer un Rolls Royce o un Maserati, y son menos aún las que pueden poseer un Picasso original o una tela de un Antiguo Maestro; pero un número ilimitado de personas puede escuchar todo el catálogo de música del mundo, tener acceso a todos los juegos electrónicos, a los programas de ordenadores, a las películas y a toda la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. De hecho, la información es gratuita, o lo será pronto. Durante este siglo las técnicas reproductivas, tales como el cribado (PGS) y el diagnóstico genético (PGD) de preimplantación empleados para identificar defectos genéticos en embriones obtenidos mediante la fertilización in vitro antes de la preñez, también pasarán a ser baratísimos. Ya disponemos de servicios de análisis básico de genotipos que cuestan unos pocos centenares de dólares.

Lógicamente, no se puede pintar un hermoso cuadro con la palabra “pronto”. Estoy glosando toda una serie de problemas de la era de transición entre la reproducción sexual tradicional y una verdadera paternidad planificada. En este contexto, “pronto” puede significar décadas, tal vez siglos. Pero incluso con el más conservador de los calendarios, estamos en puertas de un cambio muy importante en la odisea de cuatro mil millones de años de la evolución de la vida sobre la tierra.

Algunas incógnitas

La clonación humana.
Una gran incógnita que afecta a cualquier conjetura sobre la futura presión de selección es el papel de la clonación humana. La clonación reproductiva humana será una realidad dentro de cinco años o cincuenta. Lo que no está tan claro es el coste y la experiencia que requerirá cuando esta técnica madure, ni cuáles serán sus implicaciones a escala mundial para la presión de selección. Si la clonación humana siempre necesitará un gran equipo de investigadores profesionales, equipos médicos complejos, muchos intentos fallidos y muchísimo dinero, entonces suponemos que siempre será excepcional. Pero si alguna vez se pudiera realizar en el hogar de modo económico y seguro, quizás con “kits hágalo-usted-mismo” que se puedan adquirir en la red, entonces la clonación humana podría convertirse en una forma usual de hacer niños, independientemente de las leyes y reglamentos oficiales.

Pongamos por caso que la clonación humana termine siendo una forma de reproducción común. No está claro que esto sea algo malo per se, igual que la existencia de gemelos o trillizos univitelinos sea intrínsecamente mala. Sea como fuere, esta posibilidad parece que fastidia el argumento de presión de selección que aquí planteo, ya que bebés genéticamente idénticos tenderán a padecer de los mismos problemas que su padre o su madre si están expuestos al mismo entorno.

No obstante, parece que es razonable suponer que la mayoría de los futuros clonadores humanos no pretenderán crear duplicados genéticos exactos de sí mismos, sino que buscarán en cambio tener descendientes libres de los defectos o características no deseadas de su progenitor. Como ejemplo banal, un clonador humano con alopecia no necesariamente querrá tener un hijo clonado con predisposición a quedarse calvo. Ciertamente, la mayoría de los asiáticos querrán hijos clonados con rasgos asiáticos, y la mayoría de las personas con ojos azules probablemente querrá clones con ojos azules, pero los portadores del alelo de la fibrosis cística probablemente no querrán transmitir el gen defectuoso a sus descendientes clonados. De modo igual, la mayoría de las personas depresivas que pudieran desear clonarse no es probable que no quieran niños depresivos. Loa casos de "refuerzo negativo", similares a la utilización actual del diagnóstico genético de preimplantación para seleccionar un embrión con una determinada discapacidad, por ejemplo la sordera de uno o ambos progenitores, probablemente serán poco frecuentes. Así pues, si se difunde ampliamente la clonación humana, y si se transforma en algo barato y habitual, su empleo complicará la tesis de la presión de selección que aquí defendemos, pero esta práctica no alterará fundamentalmente sus conclusiones.

Mejora y terapia de genes autosómica.
Otra incógnita que se añade a la complejidad del argumento a favor de la presión de selección es la futura extensión de la terapia de genes autosómica. Me he centrado en la reproducción y la terapia de genes de línea terminal y en la mejora de genes; porque es seguro que la terapia de genes somática estará disponible y es probable que también se utilice ampliamente. Después de todo, si para remediar algún defecto físico o psíquico tenemos que tomar una droga durante el resto de nuestra vida, o bien podemos someternos a una sesión de terapia genética sabiendo que es segura y eficaz, ¿cuál alternativa elegiríamos? Lo mismo se aplica a las futuras tecnologías de mejora, aunque es simplista establecer una dicotomía entre remediar y mejorar.

Posibles riesgos

El espectro de la eugenesia forzada.
Todo ciego entusiasta de la futura Revolución Reproductiva haría bien en reflexionar sobre la historia del siglo XX. En palabras del biomoralista Nicolás Agar, "quienes no aprenden de la historia del perfeccionamiento humano pueden estar condenados a tener que repetirla". Recordemos la segregación forzada, la esterilización, la higiene racial, el programa de eutanasia y finalmente el genocidio practicados bajo el nombre pseudo-científico de eugenesia. ¿Es posible que la Revolución Reproductiva en ciernes conduzca a atrocidades similares? Después de todo, todavía hay muchas personas en el mundo que están convencidas de que algunas razas son intelectual o moralmente superiores a otras. ¿Se puede repetir la historia?

La respuesta breve es que sí, aunque pienso que tales escenarios son poco probables. Para empezar, las dictaduras totalitarias del siglo XX, incluido el Tercer Reich, todas dependieron de la censura y del monopolio estatal de la información. Internet hace que sea mucho más difícil establecer dictaduras totalitarias; como bien se ha dicho, la red interpreta la censura como un fallo, y redirecciona la información. No obstante, este es un tema de enorme amplitud. Sólo diré aquí que existe una diferencia fundamental entre un sistema regulador en el que se practica la eugenesia [independientemente del nombre que se le dé] para el bienestar del individuo, sea humano o no humano, y una sociedad autoritaria en la que la que se pretende que la eugenesia beneficie a una clase, raza o nación.

Incluso así, la llamada eugenesia liberal plantea numerosos problemas. Por ejemplo, existen riesgos de que los futuros progenitores elijan rasgos mejorados que meramente ofrecen a sus hijos ventajas posicionales. Como ejemplo, si los padres eligen genes que propician que sus hijos sean más altos que la media de la población, esto no beneficiará al niño o a la sociedad si la mayoría de los padres hacen lo mismo. De hecho, si la estatura de los humanos fuera mucho mayor que la actual, todos seríamos susceptibles de padecer múltiples problemas de salud debido a la fuerza de la gravedad que ejerce la tierra. Incluso las mejoras tales como los genes que pueden contribuir a una inteligencia superior, sobreexpresando o añadiendo copias adicionales del gen NRP2 o ASPM o de microcefalina, para emplear un ejemplo controvertido, que parece que pueden conferir un beneficio intrínseco, podría alegarse que equivalen a un bien posicional como la estatura. Las mujeres tienden a pensar que la inteligencia es un atractivo sexual en sus posibles parejas; pero, presumiblemente, lo que es ventajoso para el varón listo en cuanto a un mayor atractivo sexual es una inteligencia relativa, no absoluta. Para refutar este argumento se puede decir que, aparte de atraer a las mujeres, una elevada inteligencia en los hombres tiene ventajas inherentes.

Al contrario de las intervenciones que confieren ventajas posicionales, las mejoras genéticas que enriquecen el bienestar subjetivo, básicamente ser por temperamento feliz o súper-feliz, serían intrínsecamente beneficiosas; potencialmente pueden beneficiar a cualquiera, independientemente del punto de una escala comparativa de bienestar en que se encuentre. De hecho, se puede afirmar que las tecnologías que enriquecen el bienestar emocional son las únicas mejoras intrínsecamente buenas, en contraposición con las que son buenas desde el punto de vista posicional o instrumental.

Obviamente, esta aseveración es controvertida; será puesta en tela de juicio por muchos biomoralistas que no son utilitarios clásicos.

¿Hay otros riesgos?
Aunque en principio los genomas de diseño pueden conducir a una diversidad genética muchísimo mayor, nos preguntamos si en la práctica no llevarán a una mayor uniformidad si la mayoría de los padres se afanan en tener tipos de niños “ideales” similares, como reflejos supranormales de las preferencias adaptativas de nuestro pasado darviniano. Algunas clases de uniformidad genética pueden ser deseables. Sería para todos una bendición que no existiera el gen de la enfermedad de Huntington (HD). Pero los eugenecistas del siglo XX no tuvieron en cuenta fenómenos tales como la ventaja heterocigota – normalmente definida como los casos en los que el genotipo heterocigoto posee una adecuación relativa mayor que cualquiera de los otros dos, el homocigoto dominante o el homocigoto recesivo. La ventaja heterocigota explica por qué persisten algunas clases de variabilidad genética, de las que la más conocida es el gen de la anemia drepanocítica. También podrían existir ventajas heterocigotas para rasgos psicológicos, aunque no se han demostrado aún.

Independientemente de cuál haya sido su origen evolutivo, daré tres ejemplos en los que la cuestión es muy compleja.

El futuro de la homosexualidad: Aunque alguien no tenga ningún prejuicio en absoluto contra la homosexualidad, nos preguntamos si elegiría para sus hijos los llamados genes gay, alelos variantes que predisponen a ser gay. Lógicamente, es posible que dentro de 50 o 150 años la homofobia haya sido relegada al basurero de la historia, donde le corresponde estar; pero no estoy seguro. Entretanto, ¿qué porcentaje de padres en potencia, heterosexuales, homosexuales o bisexuales elegirán deliberadamente tener un hijo homosexual sabiendo que ese hijo probablemente se deberá enfrentar en su vida a mayores problemas sociales debidos a los prejuicios sociales? Si esto es así, y si realmente se produce una Revolución Reproductiva como la que bosquejamos aquí, es muy probable que exista una fuerte selección contra los genes que predisponen a la homosexualidad, e incluso a la bisexualidad. Hasta puede ser que desaparezcan. Si consideramos la historia de la humanidad desde la antigüedad clásica hasta el presente, y las contribuciones hechas por personas a las que clasificaríamos de homosexuales o bisexuales, y también las contribuciones hechas por sus parientes genéticos próximos, ese resultado no se debe tomar a la ligera. Por otra parte, también es posible que muchas parejas homosexuales usen las nuevas técnicas de reproducción para tener hijos homosexuales, por lo que la perspectiva de la extinción de la homosexualidad es discutible.

El futuro del trastorno bipolar: La depresión crónica unipolar puede ser un mal absoluto; pero pensemos en el trastorno bipolar, antiguamente conocido como psicosis maníaco-depresiva. Es indudable que el trastorno bipolar puede causar atroces sufrimientos a quienes lo padecen y a sus familias. No obstante, muchos grandes personajes de las artes, la ciencia y la política fueron, como mínimo, bipolares suaves. ¿Existe el riesgo de que se pierda algo valioso si en el futuro los padres eliminan los alelos del conjunto de genes asociados a la bipolaridad? Este también es un tema muy extenso.

El futuro del trastorno del espectro autista: El autismo clásico está caracterizado por grados variables de "ceguera mental" e inadecuación a la interacción social; deficiencias de lenguaje, comunicación, y de la capacidad para el juego social; así como múltiples estereotipos de conducta. Las tres formas más corrientes del trastorno del espectro autista (ASD) son: el autismo clásico; el trastorno generalizado del desarrollo no especificado (PDD-NOS); y el síndrome de Asperger. Mientras que los niños con, por ejemplo, trisomía 21 (síndrome de Down) o el síndrome de Williams pueden ser sociables anormalmente y, por ello, gratificantes de criar, en cambio los niños autistas con una teoría de la mente subdesarrollada o ausente generalmente hacen sufrir mucho a quienes los cuidan. Es difícil crear lazos con alguien que siempre lo trata a uno como a un objeto. Por eso, todas las predisposiciones genéticas al autismo parecerían ser candidatos primarios para su eliminación del conjunto de genes a medida que avance la Revolución Reproductiva. Sin embargo, algunos de los mayores científicos de la historia, concretamente Newton, Einstein y Dirac, cumplen muchos o todos los criterios diagnósticos del síndrome de Asperger. ¿En qué medida era separable su perspicacia científica de su patología mental?

El cálculo de la relación entre riesgo y beneficio

If there are likely to be so many possible adverse and/or unintended consequences of the new reproductive medicine - and perhaps dystopian outcomes no one has even considered - then why forge ahead? Why not outlaw the new reproductive technologies altogether, or at least drastically restrict their use to simple Mendelian genetic diseases of the body rather than complex disorders of the mind/brain? After all, there is no way we can computationally model all the ramifications of even modest rewrites of the human genome.

La cuestión se circunscribe a un análisis de la relación riesgo-beneficio, y de nuestros valores éticos básicos, que a su vez han sido conformados por nuestro pasado evolutivo. Para no descartar la ampliación de la nueva medicina reproductiva por parecernos demasiado precipitadamente experimental, vale la pena recordar que cada acto de reproducción sexual a la antigua es en sí mismo un experimento genético no probado, el resultado al azar de mutaciones y de un barajar meiótico del mazo de cartas genéticas, sin que hasta ahora esto haya conducido a un final feliz. ¿Quiénes somos, pues, para acusar de temerarios juegos de azar? Tal como está la situación, todos nosotros estamos genéticamente predestinados a envejecer y morir; y durante su vida la gran mayoría de los humanos pasa por periodos de intensa aflicción psicológica, por ejemplo, de soledad y de angustia tras una relación amorosa desgraciada. Nuestra biología de primates sociales asegura que la mayoría de nosotros experimentaremos a veces, en mayor o menor medida, toda clase de estados desagradables que en el entorno ancestral eran adaptativos, por ejemplo celos, resentimiento, ira. Centenares de millones personas en todo el mundo sufren hoy de rachas de depresiones; otras viven con ansiedad crónica. Se podría decir que estos fenotipos son parte de “lo que significa ser humano”. Peor aún, transmitimos a nuestros hijos la predisposición heredable a padecer de tales atroces estados.

Los bioconservadores, los tradicionalistas religiosos y los reformadores sociales refutarán este sombrío análisis. Si alguien piensa que hoy la vida humana es básicamente buena, y que los estados brutalmente desagradables de la mente se pueden remediar en gran medida mejorando la sociedad, entonces necesitará de razones muy convincentes antes de querer cambiar el régimen de reproducción sexual corriente actualmente existente. Probablemente aborrecerá apoyar nada parecido a la Revolución Reproductiva aquí predicha; y se centrará totalmente en sus potenciales peligros. Y el espectro de “Un mundo feliz" surgirá amenazadoramente en toda discusión. En cambio, si alguien piensa que la vida darviniana es cruel y trágica por su propia índole, entonces es probable que esté más dispuesto a contemplar alternativas radicales al status quo genético, a pesar de los posibles riesgos.

Mi propia opinión sobre los riesgos y las incertidumbres es que hay una diferencia fundamental entre intentar abolir el sufrimiento exclusivamente por la vía de las reformas sociales y abolir el sufrimiento directamente mediante la biotecnología. Como es sabido, los experimentos sociales utópicos generalmente fracasan, a veces terriblemente, y terminan causando muchísimos padecimientos. El proyecto abolicionista para erradicar los sustratos biológicos del sufrimiento suena como un plan utópico más, tanto si se ofrece como un grandioso proyecto para las especies o simplemente como un subproducto de la Revolución Reproductiva que exploramos aquí. Aunque se puede afirmar que la eliminación del dolor psicológico en principio no es más utópica que la cirugía sin dolor, se puede suponer que falle de formas no previstas. Tal vez creemos involuntariamente un paraíso de imbéciles. Pero si conseguimos suprimir las bases moleculares de las experiencias desagradables, y el sufrimiento deja de ser fisiológicamente posible para todo ser sintiente, habremos cambiado con ello el propio significado de que algo “falle”. Las sorpresas poco gratas en las que no se daña a nadie son muy diferentes de las sorpresas desagradables que sí lo hacen. Por si sirve de algo, creo que la abolición del sufrimiento involuntario es una premisa de cualquier sociedad posthumana civilizada; y, por ello, intentarlo es un riesgo que vale la pena asumir.

¿El final de la reproducción sexual?

He expuesto a grandes rasgos las razones para creer que en el futuro existirá una selección contraria a nuestras emociones darvinianas más desagradables. Sin embargo, hay una objeción fundamental al argumento de la presión de selección que he esbozado hasta ahora. Es seguro que la mayoría de las personas, y no en último lugar los adolescentes, seguirán fabricando niños copulando, aunque haya una llamada Revolución Reproductiva concebida en los laboratorios. Los embarazos no planeados son muy habituales, incluso en esta época en la que se dispone de anticonceptivos en todas partes. Ciertamente, tal vez haya padres responsables con visión de futuro que buscarán asegurarse de que sus hijos estén libres de desventajas genéticas, que sean alegres, ultra-inteligentes, súper-empáticos y psicológicamente sólidos; y tal vez en un futuro dichos progenitores responsables realizarán el diagnóstico genético de preimplantación, usarán la terapia de genes de línea terminal y algunas de las intervenciones futuristas aquí descritas. Pero eso no impedirá que adolescentes irresponsables sigan teniendo bebés no planificados. Además, es posible que miles de millones de personas rechacen las nuevas tecnologías reproductivas por motivos religiosos o morales tradicionales, o simplemente por seguir la costumbre o los hábitos. Hay que hacer gala de mucha imaginación para creer que algún día la paternidad genéticamente planificada se difundirá igual que, por ejemplo, la anestesia para la cirugía sin dolor. Si la mayoría de las mujeres siguen teniendo niños no enriquecidos genéticamente, por la vía convencional, ¿es seguro que nuestra tendencia innata hacia todas las formas de sufrimiento darvinianas se mantendrá indefinidamente?

Quizás. Es un argumento de peso. Pero también hay argumentos de peso para pensar que la reproducción sexual al estilo tradicional no podrá continuar durante más de unas pocas generaciones. El motivo de ello tiene que ver con la próxima revolución de la medicina anti-envejecimiento.

A lo largo de casi toda la historia del hombre, una prolongación radical de la vida humana, no hablemos ya de la perspectiva de la eternal juventud, ha sido el reino de los curanderos y charlatanes. En cierta medida lo sigue siendo; si nos tragamos un montón de pastillas de vitaminas día no por eso seremos inmortales. Pero dentro de pocos siglos, tal vez antes, el envejecimiento y los genes que fomentan o permiten la senescencia serán eliminados gradualmente. Lógicamente, esta es una afirmación atrevida que ni siquiera intentaré defender aquí. Para los escépticos que aún no lo hayan leído, recomiendo el libro de Aubrey de Grey Ending Aging: The Rejuvenation Breakthroughs That Could Reverse Human Aging in Our Lifetime (2007). Yo soy más pesimista que Aubrey de Grey respecto a fechas. Pero las intervenciones genéticas y farmacológicas que ya estamos probando en animales no humanos se acabarán probando también en el animal humano. Somos renuentes a aceptar lo que parece un fácil determinismo tecnológico; pero creo que se puede decir, de forma bastante dogmática, que en caso de que se disponga de técnicas anti-envejecimiento radicales, la abrumadora mayoría de las personas las utilizará, independientemente de cualesquiera razonamientos sobre la muerte y el envejecimiento que hoy podamos expresar. Además, la mayoría de las personas también querrán esos tratamientos para sus animales de compañía, por lo que la Revolución Anti-envejecimiento no estará limitada a una especie.

Pongamos por caso que todo esto suceda, es decir, que tengan lugar tanto una Revolución Reproductiva como una Revolución Anti-envejecimiento. Si la medicina post-genómica amplía la esperanza de vida y es cada vez menor el número de personas que mueren por las enfermedades tradicionales de la senectud, nuestro planeta pronto alcanzará su “capacidad de carga”. Con la vista puesta a siglos de distancia, una población en rápida expansión de cuasi-inmortales eternamente jóvenes significará que la reproducción humana de cualquier clase será muy poco frecuente, terminará siendo trascendental, y estará estrictamente controlada en todos sus aspectos. Es aquí donde preveo los mayores dilemas éticos derivados de la Revolución Reproductiva y también el nexo íntimo entre la súper-felicidad, la súper-inteligencia y la súper-longevidad.

La presión de selección en una era de cuasi-inmortalidad

Cuando la tierra alcance su máxima capacidad de carga, la máxima densidad de población de seres sintientes compatible con una vida sostenible, deberá existir un control centralizado del sistema reproductivo humano muchísimo más estricto, so pena de que se produzca una completa catástrofe maltusiana. Esta predicción parece verdaderamente siniestra. Quizás nos podamos imaginar la existencia de un régimen obligatorio de inmuno-contracepción desde una época anterior. Sin embargo, nos preguntamos si realmente se puede conseguir que la inmuno-contracepción sea infalible. ¿Cómo se podría hacer cumplir ese control de fertilidad? Además, no se trata solo de evitar los accidentes reproductivos. El deseo de tener hijos “propios” puede ser extraordinariamente fuerte, como vemos por la angustia que hoy causa la falta involuntaria de hijos; y para muchas parejas sin hijos, este afán puede ser más fuerte que cualquier preocupación sobre la capacidad de población del planeta. La mayoría de las personas querrá ambas cosas, ser eternamente jóvenes y tener hijos. Si de hecho se adoptan ampliamente técnicas anti-envejecimiento radicales, entonces será inevitable que exista un control centralizado y necesariamente intrusivo de la reproducción humana, aunque debemos confiar en que tales poderes estén sujetos a un control democrático. Presumimos que en una era de súper-longevidad masiva, todo ciudadano intelectualmente competente deberá reconocer que, en teoría, una reproducción libre ilimitada es físicamente imposible. Por otra parte, suponemos que habrá personas que intentarán tener hijos no legales, como hoy sucede en la República Popular de China (PRC) aunque sin la promesa de la eterna juventud. Este paralelismo no es atractivo. Naturalmente, existen otros riesgos sociales asociados a la súper-longevidad masiva: en una era de eternal juventud genéticamente preprogramada, las élites dominantes del poder podrían ser casi perpetuas, a menos que existan adecuadas salvaguardas democráticas. No obstante, lo que preocupa especialmente a una consciencia liberal y a cualquier libertario partidario de la extensión de la esperanza de vida es la posible pérdida de autonomía corporal y de la libertad de procrear.

Un argumento opuesto es que el impulso para tener hijos está genéticamente controlado, y que también es susceptible de una intervención biológica. La manipulación de nuestros deseos primarios tal vez sea biológicamente más fácil que derrotar al envejecimiento. Pero si la mayoría de nuestros conciudadanos mejorados actúan con responsabilidad y renuncian a procrear o lo postergan, la posible predisposición a “hacer trampa” y tener hijos podría ser genéticamente muy adaptativa, por lo menos a corto plazo. Esto tendría un resultado desastroso en una megalópolis mundial ya sobrepoblada. No es fácil concebir escenarios plausibles de selección de grupos, ni siquiera para un futuro lejano. Por ello, el precio de la súper-longevidad posthumana es la probabilidad de una creciente intervención estatal en el ámbito (hasta ahora) privado, aunque esa intrusión no necesariamente ha de ser subjetivamente aflictivo en ninguno de sus sentidos actuales, ya que puede ser suficiente el análogo funcional del disgusto. Mucho antes de cualquier era de medicina post-genómica, Platón creía que la reproducción humana debía estar vigilada y controlada por el estado, presagio de las sociedades totalitarias por venir; pero cuando hayamos superado la barrera biológica de la muerte humana, será inevitable, incluso en una democracia liberal, disponer de alguna forma colectiva de control de las tomas de decisiones reproductivas. La única alternativa a un tal control sería un racionamiento estatal draconiano de las terapias anti-envejecimiento: una poco creíble recreación de La fuga de Logan. Es importante destacar que este argumento no aborda el aspecto de cuál es la capacidad máxima del planeta, con una densidad de población de 15 mil millones, 150 mil millones, o incluso mayor. Sí, podemos colonizar el sistema solar. En teoría, en un futuro distante las autoridades de la tierra podrían obligar a quienes quieran tener un hijo a que lo hagan en alguno de los sistemas planetarios extrasolares que hayamos colonizado. Pero, por lo menos durante unos pocos siglos, tal vez milenios, la posibilidad de alguna forma de radiación adaptativa galáctica no es más que ciencia-ficción, porque no se pueden olvidar los enormes obstáculos técnicos de los viajes interestelares masivos. Es posible que los posthumanos sí viajen a las estrellas, e incluso que dentro de algunos millones de años colonicen nuestro superclúster galáctico local. No obstante, de modo realista, esto no resuelve el reto demográfico a corto plazo de una tierra masivamente superpoblada.

Ciertamente, planteo aquí una serie de suposiciones refutables. Señalaré tres de ellas. En primer lugar, que la vida inteligente no se destruirá totalmente a sí misma en el curso de unas pocas décadas. [Son concebibles escenarios apocalípticos; pero serán bastante menos probables una vez que hacia finales de este siglo se hayan establecido colonias autosuficientes en otros planetas.] En segundo lugar, existe sólo un pasado y sólo un futuro [Esta suposición simplificadora no es congruente con la cosmología cuántica, y muy probablemente es falsa. Sin embargo, el abordaje de la medida de “densidad de ramas” de las historias alternativas clásicamente no-equivalentes de la mecánica cuántica post-Everett nos llevaría demasiado lejos en esta charla.] En tercer lugar, contrariamente a los futuristas que creen en la “transferencia”, presupongo que nuestros descendientes (post)humanos conservarán un sustrato orgánico, tal vez aumentado con implantes biónicos, nanobots, neurochips para redes, etcétera, y que por ello los humanos no se escanearán, digitalizarán y “transferirán” a sí mismos para residir en otro medio computacional para el que no se aplican las restricciones del ecosistema de la tierra. [No hay pruebas de que un PC sea más consciente que un ábaco, a pesar de su mayor potencia de cálculo; y si una versión trucada de mi PC contuviese una representación mía digitalizada, esto sin duda facilitaría restauraciones de copias de seguridad pero no hay ningún motivo para pensar esas líneas de código vayan a ser conscientes, y mucho menos que sean “yo”. Efectivamente, la inteligencia artificial acelerará la Revolución Reproductiva; y quizás algún día todos seremos cyborgs en red. Y quién sabe qué clases de exótica vida artificial postbiológica podrán desarrollarse en caso de que nuestros descendientes lleguen a operar computadoras cuánticas avanzadas. No obstante, no existe ninguna prueba de que los sistemas inorgánicos con una arquitectura clásica de von Neumann soporten “sensaciones crudas” o intrínsecamente materia: la noción de que nuestra especie se podría transferir destructivamente de la base de la Realidad a un nirvana digital es insostenible.] Así pues, por lo menos en esto, soy dócilmente conservador al suponer que dentro de mil años la tierra sostendrá un “mundo de carne” primordial densamente poblado por nuestros descendientes de carne y hueso.

Sea como fuere, para resumir, supongamos que la creación de seres nuevos cuasi-inmortales será muy poco frecuente a finales de este milenio. La tierra estará, literalmente, (casi) llena. Creo que en ocasiones históricas tales como la creación de un nuevo ser posthumano, es poco probable que agentes superfelices y superinteligentes creen códigos genéticos malintencionados para sustratos de consciencia desagradables, estúpidos o seniles, es decir, del Homo sapiens arcaico. Es más probable que nuestros descendientes posthumanos creen en cambio “ángeles inteligentes”. El triunfo de la Revolución reproductiva habrá reconfigurado el paisaje de adecuación post-darviniano dejándolo irreconocible. De ahí nace mi predicción (provisional) de que la biología del sufrimiento y de la senescencia está destinada a pasar a la historia de la evolución.

David Pearce (2008)
The Reproductive Revolution (English orig.)
with many thanks to translator Pablo Grosschmid
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